El delicado equilibrio de las cosas.

—Recuéstese tranquila y sepa disculpar las manos frías. ¿Cómo van las cosas? ¿Hay algo que necesite saber?

—Bueno, esta mañana tuve un sueño, era muy temprano todavía, afuera reinaría esa luz rara, oscura, para la que yo no tengo palabras pero los griegos seguro que sí tenían. Estoy estudiando literatura clásica. Le decía, soñé con… bueno, penes. Cualquiera que haya leído algo sobre mitología griega o que haya visto algún documental al respecto, coincidirá en que la historia del Universo es la historia de penes que se metieron por donde no debían. No sé por qué supongo que esto va a interesarle solo por ser ginecólogo, usted se dedica a lo contrario, ja, ja… Yo sé que si todo está jodido, históricamente, la culpa es de los penes. Soñé con muchos penes, miles de ellos. Algunos tenían cara de felicidad y otros de amargura, como las máscaras del teatro. Verá, había penes metidos donde no debían y penes metidos donde sí debían, estos últimos en la gloria absoluta, pero definitivamente todos ellos penetrando a la existencia. No me voy a detener en la pedofilia ni en la zoofilia ni en cosas que me den arcadas, porque la verdad es que todavía no puedo creer que esté diciéndole esto. No quiero irme por las ramas, correrme (cuack) del tema: Un pene feliz, lo digo así por decirlo de algún modo, estaba dentro de un amante, es decir, estaba haciendo las cosas mal, pero al mismo tiempo, haciendo girar al Universo hacia el Éter; pero un pene triste que, por ejemplo, iba y venía por una mano añorando a vaya uno a saber quién, oscurecía todas las cosas, hacía llorar a la Tierra y despertaba la ira de todas las ninfas, deprimía al Caos y lo hacía vomitar tempestades. ¿Se entiende? La Nada va a llamar, y la va a atender el próximo pene dentro de la persona equivocada. Así de delicadas están las cosas…  ¿Qué? ¿Mi pareja? No, no tengo. No, de lo otro tampoco. Nada. No. Nada. A veces me toco.

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Llegar a ella.

Llegar a ella es fácil: tenés que hacerte un test de embarazo en el baño de la casa de tus padres, tenés que tener apenas diecisiete años y tu hermana menor tiene que estar golpeando la puerta, obligándote a salir. Tenés  que recoger todo lo más rápido que puedas, pero dejar, sin querer, unas gotitas de pis en el lavamanos. El resultado tiene que darte positivo. Otra cosa que debés hacer es llegar hasta tu cuarto sin saber cómo, cambiarte la ropa y salir a caminar. Afuera tiene que llover y te tenés que quedar mirando a un par de gotas gordas bailar dentro de una rosa, como si hubieras tomado ácido. Tenés  que estar perdida.

Por las mañanas, tienen que despertarte las náuseas. Tenés que subir de peso para que la ropa deje de entrarte. Mamá tiene que preguntar qué te pasa y papá quedar embobado con la nueva energía que irradies. Tenés que volverte una mezcla entre un ángel y un grifo, aspirar a ser una santa y volverte  loca.

Tus pechos deben crecer y, extrañamente, han de sobrarte pretendientes. No te olvides de enviar a cada uno de ellos al infierno, sobre todo al que haya puesto un anillo en tu dedo, un anillo de varios quilates de promesas de una vida que no querés que viva ella.

Es importante que vayas sola.

La presión debe crecer ahí abajo para llegar a ella. Cuando el dolor te dé una tregua, no te olvides de acordarte de que no tenés ni idea. Las náuseas deben continuar durante nueve meses. El ambiente debe inundarse de hierro y, un buen día, inhalar, exhalar y pujar son tres cosas que no debés poder dejar de hacer para llegar a ella. Luego de varias horas, exhausta, debés estar sosteniéndola, todavía rezando para que los huesos no se te hayan roto del todo. Debés besar su rostro, su pequeño rostro, su frente y su naricita, envolverla entre tus brazos, llena de sangre y placenta; pero sobre todas las cosas: debés comenzar a enterarte de que la que ha llegado no sos vos, sino ella.

Sueño de un amor atragantado.

 Camino bordeando un mostrador de madera costosa, lustrada, en la que luego compruebo, apoyando un costado de mi cara y mirando a contraluz, que no hay huellas digitales sobre ella. Miro mi reloj, nadie va a atenderme hoy tampoco. Miro mis zapatos, son de terciopelo, boca de pez, un gran moño negro sobre mis dedos. Tic-tac sobre el mármol, nadie viene, no hoy.
—¿Qué pasa?, — pregunta el muchacho vestido de traje y corbata—. ¿Otra vez queriendo devolver eso? —No le respondo—. Tic-tac. ¿Hasta qué hora tiene usted pensado esperar? ¿No le gustaría almorzar conmigo? Tic-tac. Bah, ¡buenas tardes! Y suerte con eso.
Abro mi bolso: Tótem y Tabú. Un amigo lo recomendó como receta de cocina, habla sobre cómo cocinar y comerse a un padre, y luego sobre la desgracia de tener que digerirlo. Tic-tac, ya en mi asiento. Chequeo mi perfume. Capítulo uno: El horror al incesto.
Cinco mujeres vestidas íntegramente de rosa caminan frente a mí: —No sabe amar, —murmuran— viene a devolverlo cada día. —Se ausentó en Navidad. —Quizás estaba demasiado borracha. —De todas formas tiene un amante. —Los vi besándose en el ascensor. —Hablé con él, cree que ella trabaja aquí. —Es judío. —Ella usa demasiado escote. Por su cara diría que no pasa de los veinte años. —Piel de porcelana. —Bah, ojos aburridos. —Boca pequeña, como de estatua religiosa. —Piernas cortas. —Manos de vieja. —Mosca muerta. —Se lo merece. No habrá sido demasiado difícil. —Creo que nos está mirando. —Hasta luego. — Adiós. —Hablamos. —Nos vemos. —Adieu. —¡Cuídense!
—«Entre los basoga, tribu negra que habita en la región de las fuentes del Nilo, el hombre no puede hablar a su suegra sino hallándose la misma en otra habitación de la casa y oculta a sus ojos. Este pueblo tiene un tal horror al incesto, que lo castiga incluso entre animales domésticos». —Impresionante, si esa clase de barbarie hubiera continuado, Dante, mi rottweiler, no existiría. ¿No le parecen adorables? —Sí, algo violentos. —No, no, la culpa es siempre de quien los cría. —Claro. —¿Vive sola? —Sí.     —Debería comprarse uno, son mejores que cualquier ser humano. —Lo tendré en cuenta. —Terminó mi turno, hasta mañana. —Adiós.
 
—Romance de Diablo suena cinco veces por la mañana y seis por la tarde. —¿Luego qué? —Una vez hasta pusieron a Nick Drake. —¿Hace mucho que viene? —Sí. —¿Por qué no va a casa? ¿Sabe que lo va a tener que ver, no es cierto? —Sí. —¿Acaso no está cansada de su rostro? —Jamás lo he visto.     —Vaya a casa. —No. —Hágame caso…
—¿Por qué habría de resignarme? ¿Por qué habría de caer rendida a los pies de esta desgracia? Vengo a devolver esto y necesito que alguien me atienda. —Todo está en su mente, ¿no ha probado con la meditación? —No. ¿Hipnosis? —No. —¿Una carta de amor?
—¿Sabía que una de las costumbres tabú más singulares, pero también más instructivas, entre las que se refieren al luto de los primitivos, consiste en la prohibición de pronunciar el nombre del muerto? —¿De qué me está hablando? ¿Planea dejar de nombrarlo? —No, no pensaba en eso, solo quiero compartir… —¿Un dato curioso? El nombre de mi esposa ha estado todas las mañanas y todas las noches, en todas partes, en todas las cosas; todo es sobre ella. Ahora y cuando estaba viva. Todo siempre ha sido sobre ella. No cambiaría ni un solo día. —Sé perfectamente de lo que habla, ya oí esto en otra parte. Pero yo tengo veinticinco años y además… —Ya pasará, descuide.
—Noa. Lo contrario a tabú, en polinesio, es noa: lo ordinario, lo corriente, lo común. Detesto cuando los profesores de la universidad mandan a leer Freud para entender a Shakespeare. A Shakespeare no se lo entiende, se lo siente, y para sentir a Shakespeare hay que leer a Shakespeare. Aunque sea en español. Si me quedara un solo día de vida, releería Sueño de una noche de verano. —El cisne de Avon. —El hombre de las mil almas. —Una sombra, un fantasma… —¿Sabe que la crítica española manda a los que no sepan inglés a leer a Cervantes? —Deberían colgarlos. —Estoy harta de leer críticas literarias escritas por hombres de apellido compuesto. —Yo también. Que los cuelguen. —No es para tanto. —Tiene usted razón. —A lo que iba es a que Freud no hizo un análisis psicológico de los personajes de Shakespeare, sino que los utilizó para describir ciertas patologías. —Lo comprendo, claro, claro. —¿Quisiera acompañarme al Colón? —Otro día.
—El juez es un tipo repugnante, gordo, barba de días, uñas largas, ojos hundidos, cabello enredado. —¿Y qué más me da? Quiero una solución, no acostarme con él. —Puede que se lo pida. —¿Eso acostumbra? —Hace más de cien años que no teníamos uno de estos casos. —¿Por qué tanto? —El conformismo, la fugacidad de la vida, las ideas New Age, Internet, las drogas, los juguetes sexuales, el suicidio, etcétera, etcétera. —No le creo. —Debería, no pasa tan seguido como todos piensan. ¿Por qué no va a casa? ¿Por qué no se tranquiliza?
—A lo lejos ya se escucha el despertador. —¡Suélteme! —Va a despertar ahora. —¡Claro que no, no ahora! —Ya vienen, tiene que despertar ahora, señorita. ¡Señorita! Se-ño-riii…
—Señorita ¡biiip!, el señor ¡biiip!, en un gran acto de bondad, ha viajado desde muy lejos hasta aquí porque usted tiene algo que devolver. —Hola… —Hola. —Muy bien, el artículo 42 del código civil establece que ¡biiip! Así que ahí está, dígalo, qué fue eso que la llevó a estar en estas circunstancias y quedará libre para fornicar con cuantos judíos quiera. —Oiga, ¿usted cómo sabe eso? —Lo sabemos todo. —Era un puto regalo. —¡No lo quiero! —¿Por qué no puede simplemente aceptarlo? —Jamás, no de él. ¿Qué clase de tortura es esta? —Es sólo un sueño. —Es la vida (aunque ella prefiere el drama y la muerte). —He esperado tantos años para… —Entonces dígaselo de una buena vez, ¡dos palabras, mujer! —¿De verdad esto no podía hacerse por correo? Ya he perdido demasiado tiempo. —Le ordeno que se lo diga. —BUF. —Es que yo…
(Despierta).
—Yo no puedo.

Viernes.

 Es suave, aquí, bajo las sábanas; dos dedos, quince minutos y luego ganas de seguir durmiendo. Me ducho, vuelvo a la cama, me recuesto boca arriba, el sol entra por la ventana, se acomoda en mis pechos y en mi rostro. Es tibio, aquí, bajo la ventana; dos dedos, cinco minutos y… no puedo. Es prácticamente imposible masturbarse con el corazón en este estado.

No me conocés.

No te creas que has llegado hasta mi ser más íntimo solo por haber leído esto, por haber visto mi cuerpo desnudo o por haberme oído gemir. Para cuando llegues al fondo de mi vagina, yo ya me habré corrido; pero de sitio. Sí, habré escapado a otra parte, estaré saliendo de la boca de un perfume en forma de mil gotitas y me verás como a un lacito llevado por el viento, enredada en un nombre que suena como el mío, en el labial de alguien que gira la cara demasiado rápido, o de espaldas, camino a la escuela. Vas a soñarme, pero no vas a encontrarme. Y todo esto porque sé, porque estoy segura de que no me vas a estar buscando.

Este es el fin.

 Me encierro en el baño: Una montaña, el mar, la arena, una palmera -cómo no-, y flores brillantes, flores rojas. Los filtros de Instagram hacen que las fotos de hoy se parezcan a la que sostengo en mi mano, pero esta tiene algo que no se puede trucar, pienso en eso por última vez. Su ausencia me golpea como lo habrían hecho las olas de esa postal que me envió. Su rostro. Un tierno beso a su rostro y «Este es el fin» —digo—, «Me voy a matar». Tomo el arma que dejé sobre la mochila del inodoro para apuntarla a mi cabeza, aprieto el gatillo, disparo, pinto la pared; la mucama me encuentra; mi perro se deprime; mi madre no deja su adicción a las pastillas sin receta; mi psicóloga recibe la llamada y se aflige sin dejar de ser profesional, prende su computadora, lee un artículo sobre los aportes del psicoanálisis a la criminología. El intento de suicidio es un delito para que la policía pueda entrar a tu casa, lee, podría haberlos llamado, piensa, y se fastidia, porque el azúcar de lavanda le ha arruinado el té. «Maldita Patricia»; Patricia coloca lavanda en la azucarera de cristal, obsequio de la muerta -o sea, mío-, lo toma entre sus manos como queriendo darle calor a mi alma perdida a través de él, cierra los ojos, me recuerda y piensa: «Pobre chica»,  y enseguida decide descargarse una aplicación para hablar con extraños por Internet. La postal que fue a parar de mi mano a una pinza y, de ahí, a una pequeña bolsita de plástico, ahora se pudre en un container lleno de basura; mi madre despide a la mucama; un test de embarazo le da positivo a mi psicóloga; Patricia se pone un nick original, conoce al amor de mi vida en Chatroulette y una mosca vuela sobre mi perro que, poco a poco, vuelve a ser feliz. Abro la puerta del baño, salgo, vuelvo a entrar para echar un escupitajo rápido al lavamanos, me veo al espejo, chequeo lo blanco que han quedado mis dientes y «Cómo me gusta morir»—pienso—, lo hago cada día antes de salir a la calle.

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Hermoso azucarero de cristal soplado.

Bienvenida.

Cuando Edgarú me dio su definición del amor libre, quedé encantada y se lo dije: «Me encanta». A lo que respondió que, aunque apreciara mi honestidad para declararme una monógama irremediable, una mente cerrada, una amiga que casi era cool, una más del montón, él no podía impedir que mis imperativos internalizados le estrujaran la panza.

Suelo hablar sola, y le pedí disculpas por eso; pero no voy a disculparme con ustedes. Nadie los obliga a estar leyendo esto.

Tal vez Ofelia haya largado una carcajada mientras se hundía con su vestido y sus flores en aguas de superficies claras y fondos lodosos. No lo sé, ya está muerta. Solo sé que Edgarú y el amor libre me parecen encantadores, ¿recuerdan?: «Me encanta»; pero cuando oí Amor junto a Libre, también oí una carcajada interna, una carcajada lúgubre. El fantasma de la novia que habita en el castillo embrujado de mi cabeza se rió tenebrosamente, y tan fuerte, tanto, que alguna parte de mí que dormía se despertó y se quedó en vela para escribir esto.

El amor es todo lo que decía Francisco de Quevedo en su soneto Definiendo el amor, no me cabe ninguna duda -si no lo conocen, búsquenlo y léanlo-, pero necesito esto, necesito hablar de lo que yo siento sin tener que pedir disculpas a nadie. Este blog es mi botella al mar, mi carta de amor sin remitente. Mucho gusto, mi nombre no es Señorita S.

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